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Trastornos alimentarios (preguntas más frecuentes)

Trastornos alimentarios

No, aunque afectan de forma muy destacada a las mujeres en la adolescencia -entre 15 y 18 años-, donde se empieza a observar su aparición cada vez mayor en población masculina, en edades más tempranas y también en edades posteriores.

En absoluto. La persona con trastorno alimentario habitualmente presenta una autoestima muy baja, llegando a creer que interiormente no vale nada, que tiene defectos que la convierten en un monstruo. Esto genera que trate de suscitar un interés en los demás respecto a su apariencia física o, al menos, le lleva a controlar su cuerpo. Realmente suelen valorar en los demás todos esos valores que no saben ver en su interior, generalmente por su excesivo perfeccionismo.

Todo lo contrario, la persona con trastorno alimentario siente habitualmente que tiene toda su vida sin resolver.

El problema es que normalmente cree que se encuentra en una situación sin recursos, o con pocos,  para hacerse cargo de su vida y tomar decisiones. En parte, esta situacion viene desencadenada por el perfeccionismo, dado que es imposible tomar decisiones sin aceptar la posibilidad de cometer un error. En el fondo puede utilizar el problema para evitar enfrentarse a ello, pero la preocupación se mantiene.

No en el sentido en el que popularmente lo entendemos. La persona no lo hace intencionalmente para que la miren más y ser el centro de atención.

Lo que sí le decimos a la persona que padece trastornos de alimentación es que su aparato psíquico ha provocado "una llamada de atención”, es decir, ha encendido la luz de alarma a través de los síntomas que experimenta, mandando un S.O.S. desesperado para expresar “¡no puedo más! ¡mira mis emociones!”. En sus relaciones con los demás podría entenderse mejor como una forma de pedir ayuda y comunicar que no se encuentra bien; necesita que le ayuden porque no ha sabido expresarlo de otra forma.

No, un trastorno alimentario es un problema muy complejo que se desencadena con motivo de una combinación de factores. En la mayor parte de los casos, las dinámicas complicadas que se observan en la familia son consecuencia, y no causa, de sufrir un trastorno alimentario en su seno, lo que supone una situación estresante crónica muy grave.

Por ello, es importante que la familia reciba apoyo para evitar entrar en dinámicas dañinas que puedan mantener y/o empeorar el problema, pero esto es muy diferente de ser “la causa” que ha generado este tipo de trastorno. Por supuesto, cada familia puede cometer errores sin tener intención y éstos no son una elección. Cada madre y cada padre da lo mejor de sí mismo en la medida de sus posibilidades. Es importante que la familia sienta que no es culpable del problema, pero sí debe ser consciente de su importante papel en el tratamiento, ya que su actitud ante el problema puede facilitar o dificultar los avances que la paciente va realizando.

No, esa no es la solución. Las actitudes autoritarias suelen generar aún más rechazo de los alimentos, pues la persona se siente poco comprendida, violentada, no respetada. El objetivo terapéutico en ese sentido no es que coma por obligación o que aumente su peso a cualquier precio, sino que conecte con su necesidad humana de alimentarse. Las medidas más extremas, como un ingreso hospitalario o una sonda nasogástrica, se reservan exclusivamente para etapas muy críticas en las que está en riesgo la vida de la paciente.

No, no es “gula”. Es un síntoma, un problema emocional, no es un vicio ni un pecado. El objetivo, igual que en otros problemas alimentarios, no es que la persona deje de ingerir alimentos de manera compulsiva por control externo sino que sea capaz de regularse a sí misma. Por ello, la ocultación de alimentos, los candados en despensas y neveras… no funcionan. Sí puede ser útil evitar una excesiva estimulación en ese sentido y  dosificarlo con objeto de ayudar a la persona en su objetivo de controlarse. Pero nunca prohibirlo, y menos aún en contra de su voluntad.

No, ni es voluntario ni es una cuestión de tener o no tener ganas. En cualquier cambio humano siempre hay una parte del mismo que quiere cambiar y otra parte que no,precisamente debido al miedo.

En realidad, si la persona con trastorno alimentario no sale del problema no es porque no quiera sino porque “no puede” emocionalmente, o cree que no puede. Además, a nivel científico la “fuerza de voluntad” no existe. Cuando popularmente hablamos de fuerza de voluntad realmente nos referimos a una combinación entre estrategias de control, motivación, expectativas de autoeficacia (creerme capaz de hacerlo), autoestima (creerme merecedor/a de ello) y autocrítica (que en función de ser constructiva o destructiva influirá de forma positiva o negativa en la motivación).

Todas esas variables fluctúan dependiendo del momento en el que se encuentre la persona, los apoyos que encuentre, lo que haya aprendido sobre sí misma… Sin embargo, si lo atribuimos a algo tan global, interno y estable como la “fuerza de voluntad” estaremos abocando a la persona a la desesperanza, la culpa y la rigidez: nada de ello contribuye a salir de un problema alimentario.

No. La persona que sufre un trastorno alimentario sufre también por el dolor que percibe en su familia.

El daño que puede hacer en la familia es un “efecto colateral”. Su intención no es hacer daño. El trastorno alimentario ha sido su puerta de emergencia ante un sufrimiento psíquico insostenible. La persona con este trastorno sufre y se siente culpable por el sufrimiento de sus familiares, aunque no lo diga o, incluso, a veces haga creer lo contrario. Esto no implica que haya que permitirle las agresiones o justificarlas, pero sí ayudará a no tomárselas de forma personal, entendiendo que son una consecuencia de la enfermedad y que pasarán.

No son la única causa, pero por supuesto contribuyen a que se desencadenen. Los trastornos alimentarios son un problema multideterminado, es decir, influyen muchos factores y los valores vigentes a nivel social pueden contribuir de forma importante, sobre todo en determinadas etapas como la adolescencia.

El excesivo énfasis en una imagen social impecable, los cánones de belleza centrados en la extrema delgadez y la idealización del cuerpo transmiten un ideal de perfección poco realista e insano a través de medios de comunicación, publicidad, redes sociales, grupos de iguales… que, por supuesto, pueden contribuir a este grave problema de salud.

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